Víctor Humareda: cien años del artista que llenó a Lima de colores

Puno, Lima, París, La Parada, Tacora, el Hotel Lima, el puente de los Suspiros, ambulantes, ladrones, arlequines, prostitutas, Rembrandt, Goya, Velázquez y Marilyn, su amada Marilyn, así podría definirse la vida de Víctor Humareda Gallegos, uno de los artistas más talentosos que ha dado nuestro país y uno de los mayores exponentes del expresionismo peruano.

Nacido en Lampa, provincia de Puno, en 1920, Víctor Humareda descubrió su talento artístico desde muy joven, lo que le llevó a escaparse del hogar familia. Primero a Arequipa y luego a Lima donde ingresó, en 1939, a la Escuela de Bellas Artes a estudiar dibujo y pintura, la cual tuvo que dejar por problemas económicos y retomó dos años después destacándose bajo la tutela de Juan Manuel Ugarte Eléspuru, y obtuvo el segundo puesto de su promoción y ganar una beca de estudios a la Escuela de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova de Argentina.

“Mi pintura es realista, expresionista. ¿Influencias?, de Goya, Murillo, Daumier, Tintoretto. Mira esas reproducciones. Noche estrellada de Van Gogh. El vagón de tercera clase y El Quijote de Daumier”.

En 1950, viajó a Buenos Aires donde sorprendió tanto por su talento como su aspecto. Uno de sus profesores, Alfredo Guido, envió una carta a Ugarte Eléspuru donde describió
el impacto de Víctor Humareda “me has enviado un gran talento en un tacho de basura”. Sin embargo, su mayor influencia en tierras argentinas no lo obtuvo en Bellas Artes, sino de la mano del artista autodidacta Benito Quinquela Martín, con quien compartió su gusto por retratar la periferia y el mundo popular.

En 1952, Víctor Humareda regresó a Lima y realizó su primera exposición individual en el Instituto Cultural Peruano Argentina con 19 obras, en ese momento su carrera comenzó a despegar realizando, hasta 1956, un total de 21 muestras individuales y otras tantas colectivas.

“Pinto desde muy muchacho, desde antes de que me viniera a Lima a estudiar. Siempre viví de la pintura. Dibujaba al principio en los cafés, cobrando por un retrato veinte o treinta soles. Mi primer cuadro lo vendí el ´51 en una exposición de La Punta, por apenas trescientos soles”.

Sobre su obra recibió diferentes críticas, por ejemplo, Teodoro Núñez Ureta la elogió señalando que “este pintor se mueve física y emocionalmente entre el desequilibrio y la hondura. Y así es su obra, vívida, mísera y grandiosa, no de tamaño, sino de espíritu”.

En 1966, decidió probar suerte en Europa y viajó primero Barcelona y luego París, donde, maravillado conoció las obras de los grandes maestros como Rembrandt, Goya, Velázquez, Toulouse Lautrec, El Greco, entre otros. Sin embargo, el dinero se le terminó pronto y tuvo que regresar a Lima desilusionado donde, tras el desembarco en el vapor Verdi dijo una frase que resumió su desazón “Tacora es mejor que París”.

“¿Mi cuarto? Mi cuarto es más alegre, me gusta. Me gusta La Parada, el barrio, por su bullicio, por la gente. Aunque también siento agrado por la noche, por las mujeres bonitas, de buenas formas”.

En Lima, continuó con su arte, viviendo ya en la habitación 283 del desaparecido Hotel Lima, a unas cuadras de La Parada, lugar en el que creó sus reconocidas obras e inició su “romance” con Marilyn Monroe, su eterna musa. “Estoy casado con Marilyn Monroe. No tenemos hijos. Vivo solo con ella en mi hotel. Nunca me habla ni la toco. Sólo la contemplo. Además, es de papel”.

Lamentablemente, los químicos con los cuales trabajó a lo largo de su vida en el Hotel Lima le causaron graves problemas de salud, ocasionando que le extirparan las laringes y las cuerdas vocales. Aun así, no dejó su creación artística y pintó casi hasta el último día de su vida. El último cuadro que creó fue La Quinta Heeren de Noche, el cual terminó el 18 de noviembre, tres días antes de su fallecimiento por problemas cardiorespiratorios.

“¿Cómo pintaría la soledad? Una calle solitaria, ¿con un perro dices?, no, expresa miseria…Sería una calle vieja, donde no hubiera nadie, nadie”

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